Unión, Consagración, Fidelidad.

… les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios. Hechos 2.11b

Como parte de la celebración especial de los 500 años de la Reforma del Siglo XVI, debemos traer a nuestra mente aquel día tan maravilloso del Pentecostés en el cual El Espíritu Santo descendió extraordinariamente sobre cada uno de aquellos que estaban reunidos esperando la Promesa del Salvador. Los discípulos de Cristo fueron movidos con gran entusiasmo al ver que por el Poder del Espíritu Santo se derribaban las barreras intactas del lenguaje, de tal manera que podían hablar sin ninguna dificultad del Evangelio a aquellos que vivían en la densidad de las tinieblas.

No muchos años después, el Santo Paracleto, guió maravillosamente a algunos santos varones para que consignasen en un cierto número de páginas, la vida y enseñanzas de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, además de escribir interpretaciones de las verdades cristianas, completándose la Revelación Especial a finales del primer siglo.

No obstante, la Iglesia del Señor ensanchó cada día el sitio de su cabaña, y pronto se tuvo la necesidad de traducir las verdades eternas, misma que sigue viva hasta nuestros días, ya que en la medida que la predicación de la Palabra de Dios llega a aquellos recónditos lugares, se multiplica el instinto cristiano profundo y espontáneo del evangelista, de que cada ser humano tenga un ejemplar de la Biblia en su propio idioma, mismo sentimiento que en el siglo dieciséis inundó el corazón de un hombre que logró un parte aguas en el curso de la historia, conocido como Martín Lutero.

En el tiempo en que vivió este instrumento de Dios, el cristianismo ya se había extendido por toda la Europa Occidental y contaba ya sus adherentes por veintenas de millones, el Renacimiento ya había hecho su labor de iluminación intelectual en el seno de las clases superiores. La imprenta ya se había inventado. Todo departamento de interés humano fue movido a una actividad. De la confusión causada por la invasión y establecimiento de grandes tribus procedentes del oriente y su mezcla con la civilización romana, comenzaron a cristalizar en nacionalidades modernas.

Nuevos idiomas estaban por tomar forma, pero el idioma oficial de la Iglesia era el latín. A donde quiera que los romanos llevaran el cristianismo, la Vulgata era leída en la Iglesia, y, por la gente culta en el hogar.

Esta era la traducción en latín terminada por San Jerónimo en 405. Su texto se había corrompido en los once siglos transcurridos desde que fue traducida, a pesar de ello solo la clase oficial podía leerla.

Así es que, al principio del siglo XVI existía una urgente necesidad de volver a oír: “… les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios”. Por más de tres siglos antes de Lutero ya se habían hecho grandes esfuerzos para traducir las Bellas Palabras de Vida.

En los primeros seis siglos de la Historia Cristiana, la Biblia había sido traducida en ocho diferentes idiomas. Pero en los tres siglos que precedieron a la Reforma cuando los idiomas europeos comenzaron a evolucionar, podemos contar más de una docena de nuevos idiomas en los que se leían Los Escritos Sagrados.

Prominente entre ellas está la versión inglesa del Nuevo Testamento por Wycklife (1320-1384) conocido como “La estrella matutina de la Reforma”.

En el año de 1450 surge la imprenta, y de inmediato se intentaron nuevas traducciones de la Biblia en casi todas partes. En Alemania se pueden contar casi 40 clases de traducciones.

Antes que Lutero llegase a ser un reformador, cuando menos catorce ediciones de toda la Biblia se habían impreso en el idioma clásico alemán y de una a cuatro ediciones al alemán vulgar, a parte de las traducciones del Nuevo Testamento y de los Salmos.

Sin embargo estas traducciones primitivas no llenaban por completo esa necesidad urgente, ya que tales traducciones eran muy defectuosas y tenían muchos errores. Ninguna de esas traducciones se basaba en los idiomas originales de la Biblia, hebreo, arameo y griego. Todas ellas eran traducciones dela Vulgata Latina con su texto corrompido.

Los traductores comúnmente eran más celosos que conocedores, desconocían el latín y sus propios idiomas estaban en periodo de transición y de cambio, y se necesitaba un verdadero lingüista para enseñar a cualquiera de ellos.

A causa de la veneración del antiguo texto oficial, generalmente traducían palabra por palabra. Es necesario decir, que el resultado nunca fue satisfactorio, con frecuencia nada inteligible en este idioma “latinizado” y en muchas ocasiones hasta fantástico.

La iglesia oficial nunca estimuló estos esfuerzos para traducir la Biblia al lenguaje del vulgo. En muchas ocasiones la iglesia prohibía a los laicos que leyeran las Escrituras aun en la Vulgata y especialmente en las traducciones indígenas. Esa fue una razón por la que ninguna de esas versiones primitivas dio los nombres de sus escritores.

Sin embargo la educación se propagaba y el descontento aumentaba. Había por todos lados falta de simpatía y de satisfacción para con la iglesia oficial. Este movimiento reclamaba el derecho del libre examen de las Escrituras del cual estaban privados desde hacía mucho tiempo ya que solo el clero tenía la autorización de interpretarla.

Esta creciente demanda de la Biblia en nuestras lenguas rimaba exactamente con el fuerte impulso en el corazón de Martín Lutero.

Había descubierto la verdad en las Páginas Sagradas. Esto vino a hacer de él un mariscal en jefe de una nueva era para en el movimiento para colocar la Biblia abierta en las manos del pueblo, traduciendo al Alemán las Escrituras.

Tal traducción, fue tan singular en su carácter y tan extraordinaria en su influencia, que se cree generalmente que fue el verdadero principio de todas nuestras traducciones modernas de la Biblia, tanto protestantes como Romanas.

Fijémonos en las circunstancias que condujeron a Lutero a la realización de esta empresa, la mayor de su vida. Lo primero que debemos saber es que la infancia de Martín Lutero se desarrolló en un hogar católico en el cual no había Biblia. Fue hasta el 5 de abril de 1501 que se matriculó en la Universidad de Erfurt que vio por primera vez un ejemplar de ella, al encontrarla en la biblioteca. Era una Biblia en Latín, idioma que él podía leer sin ninguna dificultad.

Pocos años después alcanzó los grados de canciller y maestro de artes. En julio de 1505 entró al convento de la orden de los Agustinos en Erfurt y fue ordenado sacerdote en abril de 1507. Allí alcanzó el título de doctor en 1512 y se le dio la Catedra de Teología Bíblica. Una vez establecido en la Catedra comenzó una serie de estudios bíblicos sobre los Salmos, la Epístola a los Romanos, a los Gálatas y a los Hebreos en los años 1513-1518. Fueron aquellos años de intenso estudio que comenzó a su vez una lucha espiritual muy angustiosa. Sobre todo después de haber ido a Roma en esa época con una misión de su Orden y haber visto la corrupción moral y la indiferencia espiritual que reinaba en la corte papal.

Al observar que todas las prácticas de la iglesia, a las cuales él estaba acostumbrado a practicar y muy particularmente, que en el año 1517 el papa León X permitió la venta de indulgencias, ya que se necesitaban grandes sumas de dinero para la terminación del Templo de San Pedro en Roma, mismas que vendiera en Alemania un dominico llamado Juan Tetzel, conseguían tal propósito al enseñar que en la compra de estos certificados firmados por el Papa, se conseguía el perdón de los pecados, a lo cual Lutero protestó y escribió sus famosas 95 tesis sobre las Indulgencias y las clavó el 31 de octubre de 1517 sobre la puerta de la Catedral de Wittenberg, iniciando así la Reforma Protestante del siglo XVI.

Fue en las Escrituras donde encontró luz y paz, al aprender que el hombre se ajusta a las exigencias de Dios y se le asegura el compañerismo de Dios, no por cualquier cosa que pueda ser o hacer, no por ninguna institución a la cual pueda pertenecer o algunas ceremonias que pueda ejecutar, sino simple y sencillamente por su confianza personal en Dios por medio de Jesucristo. Encontró en Romanos 1.17 que el hombre es justificado por fe únicamente, y obtuvo de esta manera la libertad y la vida. A partir de entonces Lutero confiaba más y más en la Palabra de Dios y la hizo el objeto de su estudio continuamente.

Cuando vio que su punto de vista a cerca de la salvación era objetado por los representantes de la iglesia, entró al conflicto con una sola arma, LA BIBLIA.

Cuando sus opositores argüían con la Biblia, pero alegaban que el Papa tenía la autoridad para interpretar y aplicar las Escrituras, Lutero dio un paso hacia adelante e instó que, en asuntos de fe y de la salvación del alma, la Biblia es clara y se comprueba así misma, y que ningún Papa o concilio podía atar la conciencia individual o quitar el derecho individual o quitar el derecho de interpretación privada. Esta posición la aplicó en su tres grandes escritos de 1520, consignando en ellos sus vigorosas protestas contra las teorías falsas y abusos prácticos tan contrarios a las Escrituras.

Al año siguiente, durante su proceso sensacional ante el emperador en la ciudad e Worms, Lutero dio el paso final en el desarrollo de su doctrina acerca de la Biblia. La iglesia para esta fecha ya le había colocado bajo la “santa maldición” de la excomunión.

El imperio también estaba por promulgar el bando contra él para declararle proscripto, es decir, que quedaba fuera de la ley. Entonces Lutero volvió sobre la Biblia con una devoción más completa que la que antes había experimentado.

Hasta entonces Lutero se había limitado a contender contra aquellas cosas que él veía que estaban en conflicto con las enseñanzas de las Escrituras. Ahora se sostiene que nada pertenece a la verdad redentora fuera de aquello que dicen positiva y claramente las Escrituras.

Cualquiera otra doctrina o enseñanza, dice él, es contraria a la voluntad de Dios. La Biblia por la tanto es la única regla de fe, la única fuente suprema de la verdad, la única guía infalible para creer y vivir. Se recordará que, cuando Lutero hizo su ultima defensa ante el emperador y ante aquel flamante tribunal de Cesar, terminó con estas palabras: “Estoy ligado por las Santas Escrituras. Mi conciencia está cautivada por la Palabra de Dios, a menos que yo sea convencido con la Escritura o con argumento evidente, no puedo ni me retractaré”.

Esto no fue una simple retórica de Lutero. Era una convicción profunda que le condujo a tomar medidas muy prácticas. Pues que, unos cuantos meses después de su proceso y sentencia en Worms, Lutero, allí en su reclusión en el castillo de Wartburgo, estaba sumamente ocupado en la traducción del Nuevo Testamento al idioma de su pueblo. Era el paso lógico siguiente. Le condujo de uno o de otro modo por el resto de sus días.

Lutero era un traductor preparado, conocía bastante bien los idiomas originales de la Biblia, no dependió de traducciones, se dirigió al griego, hebreo y arameo. Por supuesto que tenía la Vulgata Latina en su poder y tal vez algunas de las traducciones más antiguas al alemán, lo cierto es que si en algún momento hizo uso de ellas fue solo para no incurrir en iguales o semejantes faltas. Fundó su trabajo esencialmente sobre la edición crítica más reciente a ese tiempo del Nuevo Testamento griego, el de Erasmo de 1519 y la más reciente del Antiguo Testamento de Gerson Ben Mosheh de 1494. Estaba preparada para hacer su traducción absolutamente crítica a la vez que moderna.

Además, también conocía íntimamente el contenido de la Biblia. Desde sus días de estudiante universitario había sido un lector diligente de la Biblia, como catedrático daba conferencias sobre grandes porciones de ella, de hecho el titulo que más le agradaba era: “Doctor en las Sagradas Escrituras”, por completo se había saturado del contenido del Libro Santo.

Aunado a esto, Lutero fue un hombre de profunda experiencia religiosa, siendo esto más importante que su conocimiento de los idiomas o de su maestría: insistiendo siempre que “la experiencia es necesaria para entender la Palabra de Dios; esta no debe ser solo repetida y memorizada, sino que debe ser sentida y vivida”. Esta cualidad y este temperamento los poseía Lutero en una medida extraordinaria. Le capacitaban para ir en pos de las palabras y de las frases de los escritores de la Biblia y llegar hasta el mismo corazón de ellos, a fin de sentir el significado de muchos pasajes obscuros y difíciles, guiado por supuesto por el Santo Espíritu de Dios.

Los académicos de estos cuatro siglos que han transcurrido han hecho observaciones acerca de su intuición religiosa tan severa que le caracterizaba. Es un factor importante en la labor de la traducción de cualquiera literatura sagrada.

También Dios lo había capacitado dándole un amplio conocimiento del idioma alemán, que antes de los días de Lutero estaba en caos, ya que se había convertido en una verdadera confusión de dialectos.

Los tiempos estaban maduros, el terreno ampliamente preparado por el Dios Todopoderoso y Soberano, de tal manera que Lutero comenzó con la traducción del Nuevo Testamento en diciembre de 1521, mostrando diligencia y prontitud. Pero fue que antes había hecho gran parte del trabajo, y en el castillo solitario sin interrupción. Es precisamente esas ironías de la historia: cuando los poderosos enemigos creen callar a los siervos de Dios, no están, más que obligándolos a realizar el acto más elocuente e influyente de toda su vida.

Una pluma de ave mala tinta y un papel muy corriente fueron suficientes para lograr su propósito, mismo que en marzo siguiente al abandonar el castillo de Wartburgo llevó consigo todo el manuscrito del Nuevo Testamento a Wittenberg donde volvió a su puesto.

Después de una cuidadosa revisión de su manuscrito, apresuró su impresión, apareciendo en septiembre de 1522 la primera edición del Nuevo Testamento. Era un volumen grande, decorado con veintiún cortes de madera de los talleres de un amigo de Lutero llamado Lucas Cranach. Cada Libro tenía su prefacio, notas explicativas y pasajes paralelos. Fue muy evidente para todo lector que la nueva traducción era creadora y no imitadora.

Mientras tanto, había principado la traducción del Antiguo Testamento. Esta presentó muchas dificultades y Lutero invitó frecuentemente a sus colegas de la facultad de Wittenberg para que ayudasen en la difícil tarea. Esta traducción tardo algo mas de diez años, quizá porque no consideraba como primordial su traducción como la del Nuevo Testamento, finalmente la completó y en el año 1534 publicó toda la Biblia.

Así fue como la Historia maravillosa del Pueblo de Israel, las enseñanzas ilustres del Maestro, y la profundidad de las instrucciones apostólicas, viajaron al mundo occidental y entraron al hogar humilde del campesino y del obrero quienes jamás habían tenido una Lámpara que iluminara sus senderos.

Claro está que la Biblia traducida por Lutero marcó una nueva era no solo en la religión sino también en la literatura. ¡Bendito sea el Dios de los siglos!

En el siglo XVII principiaron las grandes empresas coloniales de las naciones europeas. Estos movimientos migratorios llevaron la Biblia de lengua en lengua. La vehemencia con la que aquellos misioneros hablaban de las Sagradas Escrituras viviendo el mensaje de ellas a pesar de tan grande oposición que se levantaba en la mayoría de las tierras que sus pies pisaban, hizo que el Señor añadiera cada día a la iglesia a los que habían de ser salvos.

Esta preciosa bendición la tuvo nuestro continente cuando llegaron los primeros emigrantes ingleses a las costas de lo que hoy es Estados Unidos de Norteamérica, en 1584 los Episcopales (Iglesia Anglicana) se establecieron en Virginia, el propósito que los había traído, era la propagación del Evangelio.

En nuestra amada Patria no fue sino hasta el año 1824, trecientos siete años después de la Reforma y tres años después de la consumación de la Independencia, que fueron puestas en venta Biblias, Nuevos Testamentos y porciones sueltas de las Sagradas Escrituras, en la Ciudad de México traídas por el Rev. John C. Brigham.

Así mismo en los años de 1826 y 1827, los señores Parrot y Wilson, vendieron Biblias en la ciudad de México. Estos hermanos pertenecieron a aquellas personas que fueron corresponsales o agentes eventuales de la Sociedad Bíblica Americana; y se dieron a la noble tarea de diseminar la Palabra de Dios, la versión de la Santa Biblia que vendieron fue la católica de Scío de San Miguel (Scío de San Miguel se tradujo de 1790-1793 y la de Torres Amat de 1823 a 1825).

El primer agente de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera que vino a México para distribuir la Palabra de Dios, fue el Rev. James Thomson, Ministro Presbiteriano, súbdito inglés de origen escocés. Fue bautizado en la Iglesia Presbiteriana de Kirlem Brack Creeton el 1º. De septiembre de 1788, según consta en el registro conservado en Edimburgo, Escocia.

Diego Thomson desembarcó en el Puerto de Veracruz, el 29 de abril de 1827, donde ya le esperaba un valioso cargamento de Biblias y Nuevos Testamentos, después de trabajar algunos días en el Puerto y Ciudad de Veracruz, se trasladó con su preciosa carga a la Ciudad de México, utilizando 24 bestias de carga para transportar 300 Biblias y 1000 Nuevos Testamentos. Este valeroso e insigne siervo de Dios, llegó a la capital el 17 de mayo del mismo año de 1827, comenzando a vender de inmediato los ejemplares de la Palabra de Dios, causando gran revuelo entre el elemento clerical romanista.

La Santa Biblia que vendió Diego Thomson en México, era de la versión católica autorizada, conocida como del P. Scio de San Miguel, pero sin los libros apócrifos. El Señor Thomson, pocos meses después de llegar a la Ciudad de México, salió con una carga de 28 cajas llenas de Biblias, a lomo de 14 mulas, rumbo a los Estados de Querétaro, Guanajuato, Jalisco, San Luis Potosí, Aguascalientes y Zacatecas. Los sacerdotes le objetaban que las Biblias que vendía no tenían notas, ni los libros apócrifos. El convenció a muchos de ellos, diciéndoles que la salvación no se encontraba ni en las notas, ni en las tradiciones o en los libros apócrifos, sino en la fe en Jesucristo como único Señor y Salvador; Agotó su carga y regresó a la capital.

Al recibir una nueva remesa de Biblias de Inglaterra, hizo otro recorrido, ahora por los estados de Puebla, Tlaxcala, Veracruz y Oaxaca, sembrando incansablemente la Palabra de Dios. Surgió una terrible oposición y ataques del clero de la Iglesia Católica, y además por las guerras intestinas en el país, Diego Thomson salió de nuestra patria en junio de 1830, rumbo al Canadá. Durante 3 años había distribuido las Sagradas Escrituras. Volvió a nuestra patria en agosto de 1842 y permaneció hasta octubre de 1843. En esa época continuó su noble labor especialmente en los estados de Campeche y Yucatán.

Con las fuerzas intervensionistas del ejército norteamericano, durante la guerra entre México y Estados Unidos de Norteamérica, llegó un agente de la Sociedad Bíblica Americana, el Rev. W. H. Norris, quien se dio a la tarea de hacer circular numerosos ejemplares de la Palabra de Dios, en Veracruz, Jalapa, Puebla y la Ciudad de México, durante los años de 1847 a 1849.

El 14 de septiembre de 1847, bajo la dirección de los capellanes del ejército norteamericano, se establecieron cultos evangélicos en el Salón de Embajadores del Palacio Nacional de la Ciudad de México. Cuando las fuerzas de ocupación se retiraron del país, lógicamente se suspendieron los cultos, a los cuales habían asistido no solo los jefes, oficiales y elementos de tropa del ejército de ocupación sino también algunos mexicanos; ya sea por simple curiosidad o por el interés de conocer las doctrinas evangélicas.

México sufrió en el año de 1862 la invasión del ejército de Francia, enviado por Napoleón III, con el propósito de apoyar al Archiduque Maximiliano de Austria, en su aventura de fundar un imperio mexicano bajo su autoridad.

En el ejército francés venían algunos cristianos evangélicos sinceros que eran portadores de la Palabra de Dios, y de esa manera el Nuevo Testamento en francés llegó a manos de algunos mexicanos, quienes por ese medio llegaron al conocimiento de la luz del evangelio, y se produjeron conversiones como la de Don Sostenes Juárez, que años después abrió un centro para estudiar la Palabra de Dios; allí conoció a su Salvador Jesucristo y le entregó su corazón el joven Arcadio Morales Escalona, en 1869.

El Señor permitió que por los años 1864 al 1867, un Pastor Moravo de apellido Guión, celebrara cultos evangélicos formales, en los salones del edificio que posteriormente ocupó la Escuela Nacional Preparatoria, en las actuales calles de San Idelfonso en la Ciudad de México. Estos cultos eran públicos y cualquier persona podía asistir a escuchar el mensaje de la Palabra de Dios.

Lo que sigue es la siembra de la Palabra de Dios por los agentes y corresponsales de la sociedad bíblica americana y de la sociedad bíblica británica y extranjera.

DE LA SOCIEDAD BÍBLICA AMERICANA:

1824: Rev. John C. Brigham (Congregacional) Ciudad de México.

1826: Señores Parrot y Wilson, Ciudad de México.

1847-1849: Rev. W. H. Norris, Veracruz, Jalapa, Puebla y Ciudad de México.

1861: Srita. Melinda Rankin (Congregacional), Matamoros, Tamaulipas, y más tarde en Monterrey.

1863: Rev. Santiago Hickey (Bautista), Monterrey, N.L.

1867: Rev. Tomás M. Westrup (Bautista), Monterrey, N. L.

1871: Dr. Julio Mallet Prevost (Presbiteriano), Zacatecas, Zac.

1872: Sr. Juan L. Stephens (Congregacional), Guadalajara, Jal. Asesinado en Ahualulco, Jalisco en 1874.

1874: Sr. Samuel A. Purdie (Amigos), Matamoros, Tamps.

1874: Rev. John Beveridge (Bautista), Monterrey, N.L.

1874: Dr. William Butler (Metodista), Ciudad de México.

1874: Rev. M. N. Hutchinson (Presbiteriano), Ciudad de México.

1878: Rev. Anthony T. Graybill (Presbiteriano), Matamoros, Tamps.

DE LA SOCIEDAD BÍBLICA BRITÁNICA Y EXTRANJERA.

1827-1830; 1842-1843: Rev. James Thomson (Presbiteriano), Ciudad de México, Estados de Querétaro, Guanajuato, Jalisco, San Luis Potosí, Aguascalientes y Zacatecas, también en los estados de Puebla, Tlaxcala, Veracruz y Oaxaca.

En su segunda residencia en los Estados de Campeche y Yucatán.

1863-1871 Rev. John W. Butler (Metodista), Monterrey y Ciudad de México.

1871-1872 Rev. H. C. Riley (Episcopal), Ciudad de México

1872-1875 Rev. William Parkes, Ciudad de México.

1876-1878 Sr. Santiago Pascoe, (Padre del Dr. Juan N. Pascoe), con residencia en Toluca.

El Espíritu Santo hizo la obra en los corazones de aquellos que recibían un ejemplar de las Sagradas Escrituras, o bien escucharan su mensaje, producto del esfuerzo de colportores y misioneros que con amor pisaron nuestra Patria. He aquí un breve relato de las primeras conversiones en suelo mexicano:

Sra. Josefa Mora de Garza.

Durante la época de la agresión que sufrió nuestra patria, por el ejército norteamericano, en el año de 1846, dos oficiales del ejército norteamericano invasor, obsequiaron una Biblia en español a una señora joven, a 30 kilómetros al sur de Matamoros, Tamps., El nombre de nuestra compatriota era Josefa Mora de Garza, de inmediato se dedicó con amor e interés a la lectura de la Palabra de Dios. Poco tiempo después pasó por aquel rancho donde vivía, llamado “Las Tres Casas”, el cura católico romano de Matamoros y quemó ese ejemplar de la Biblia.

Quince días después regresaron por el mismo lugar los dos oficiales norteamericanos y al tener noticias de que la Biblia había sido quemada, le obsequiaron otra, la que ella gustosamente aceptó, aunque sabía que al hacerlo contrariaba la voluntad de sus padres. Escondió la Biblia en el hueco de un árbol y ahí iba a leerla secretamente. Cuando murió su esposo, radicó con sus hijos en la Ciudad de Brownsville, Tex., Estados Unidos de Norte América, ahí públicamente confesó su fe en Cristo y fue bautizada. Posteriormente se cambió a Matamoros, Tamps. Y constantemente oraba a Dios para que el Señor enviara mensajeros del evangelio a su patria.

Cuando el Rev. Anthony T. Graybill y su esposa llegaron a Matamoros, Tamps., siendo él el primer misionero de la Misión del Sur de la Iglesia Presbiteriana de los Estados Unidos, la Sra. Josefa Mora Vda. De Garza, de inmediato se conectó con ellos, esto fue en el año de 1873. Un hijo de la Sra. Josefa, llamado Leandro Garza Mora, que nació en el Rancho “El Rosario” del condado de Hidalgo, Tex., Estados Unidos de Norte América, el día 10 de marzo de 1854 y que había sido cantinero, fue invitado por el Rev. Graybill para que le enseñara español. Dios permitió que este joven se convirtiera y a los 3 meses fue bautizado y recibido por el Rev. Graybill, comenzando desde luego su preparación bíblica y teológica bajo la dirección del mismo misionero, siendo ordenado al santo ministerio en marzo de 1879, llegando a ser el primer ministro ordenado en la frontera norte de México. El Rev. Leandro Garza Mora, fue ministro de 1879 a 1938. Falleció el día 19 de diciembre de 1938.

Sra. Felipa Escalona de Morales.

Como resultado de las Leyes de Reforma en 1857, dadas por el Presidente de la República, Lic. Don Benito Juárez, hubo en México separación entre la iglesia y el estado y lógicamente comenzaron a circular Las Santas Escrituras.

En el año de 1859, una mujer humilde de raza indígena del Estado de México, llamada Felipa Escalona de Morales, quien fue esposa de Bartolo Morales, se fue a vivir al pueblo de Zacualtipán, antes Estado de México, hoy Estado de Hidalgo, trabajando en la casa de un licenciado que tenía por costumbre leer las Santas Escrituras, todas las noches antes de acostarse. Ahí estuvo durante los tres años de la guerra de reforma, oyendo por primera vez la lectura del Libro de Dios, en unión de sus dos pequeños hijos, el mayor de los cuales tenía 9 años. Cuando terminó la guerra, volvieron a la Ciudad de México y tanto la madre como sus hijos continuaron teniendo interés en las Santas Escritura. Tres años después el hijo mayor de nombre Arcadio Morales Escalona, comenzó a aprender el oficio de hilandero de plata y oro en un taller de galonería. El dueño del taller tenía varios libros y entre ellos un ejemplar de las Santas Escrituras. El jovencito Arcadio le pidió permiso de leer las Santas Escrituras, lo cual le fue permitido.

El último martes de enero de 1869, el joven Arcadio asistió a un culto protestante con el grupo que dirigía el Sr. Sostenes Juárez y aunque era liberal, sabía que los protestantes eran los mismos diablos, pero cuán grande fue su sorpresa cuando en el culto oyó leer su libro favorito “Las Santas Escrituras”, se le cayeron las vendas de los ojos, después llevó a su madre y ambos aceptaron a Cristo como Salvador personal.

Nunca habían tenido una Biblia propia, pero en poco tiempo adquirieron un ejemplar y se deleitaban en su lectura, especialmente los domingos en la tarde. Al poco tiempo el joven Arcadio se transformó en colportor y comenzó a vender ejemplares de la Palabra de Dios, en las calles de la Ciudad de México. Era el año de 1870, invitado por el Rev. Juan Butler poco tiempo después en unión de otros jóvenes, fue a vender Biblias a la ciudad de Puebla y como los jóvenes colportores eran también predicadores, arreglaron un local para sus cultos en las noches, cierta noche los fanáticos romanistas asaltaron el lugar, hubieron muertos y heridos, el joven Arcadio pudo escapar milagrosamente aunque herido y llegar a la capital. La madre lo consoló pero también lo estimuló para continuar testificando de Cristo.

Al poco tiempo aquella abnegada mujer, fue llamada por su Salvador y murió tranquilamente. Su hijo Arcadio llegó a ser uno de los primeros once Ministros Presbiterianos ordenados en la capital en 1878, así mismo fue pastor de la Iglesia “El Divino Salvador” de la Ciudad de México, por 50 años, de 1872 a 1922, año en que murió. Por su celo Evangelístico y por su elocuencia, fue llamado “EL MOODY MEXICANO”.

Así fue que inició un fuego que jamás se apagaría en el mundo entero y por supuesto en nuestra amada Patria, pues por la gracia de Dios hoy, miles y miles han escuchado el mensaje de Salvación.

A la fecha, según cifras que arrojan las estadísticas, las Sagrada Escrituras el número de impresiones antes de la traducción de Lutero al alemán, no rebasaban las 50000, para el año de 1934 ya se habían impreso aproximadamente una cifra mayor a 882 millones de ejemplares y al año 2013 se habían impreso 3 900 millones de Biblias o partes de ella. Tras este cuadro numérico es necesario mencionar que el Libro Divino ha sido traducido en 2454 idiomas, superado por mucho después de casi 100 años, ya que en 1934 de forma árida se calculaba la traducción de la Escritura a 940 idiomas y dialectos.

Sin duda que este ha sido el producto del trabajo misionero cristiano, el cual debe seguir vivo en cada persona que ha sido alcanzada por el Señor y Salvador Jesucristo, ya que tomando en cuenta que, en el mundo hay un alrededor de 7000 idiomas y dialectos, debemos considerar que falta mucho trabajo por realizar, pues no se ha traducido la Palabra de Dios a por lo menos la mitad de los idiomas existentes.

Por lo que es necesario que cada uno de nosotros se comprometa a ser un fiel predicador del Evangelio, solo cuando nuestros propios ojos iluminados por el Espíritu Santo, ven la miseria espiritual en la que se encuentra el ser humano, somos llevados a un fuerte amor por las almas perdidas, conduciéndonos a agotar esfuerzos a fin de que más gente conozca el inmenso amor de Cristo mediante la Palabra de Dios.

No cabe duda que la Reforma del siglo XVI trajo consigo un nuevo amanecer espiritual para el mundo entero, oremos y actuemos para que ese despertar religioso se mantenga activo y la Bendita Palabra de Dios siga circulando llevando su preciosa Luz al rincón más oscuro del orbe, hasta que todo elegido de Dios diga “… les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios”.

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